Sobre tu palabra, echaré la red.
Pedro, que es pescador desde niño, ha pasado la noche sin obtener pez alguno, sin embargo, confía en el Señor y ¡qué pesca más abundante!
Por J.A. González Lobato
(Lc 5, 5)
I
Aquella mañana de abril yo estaba, solo, con mi caña de pescar en la mano, sentado en la orilla del mar de Tiberíades. Mar adentro había unas barcas, que se acercaban hacia la orilla, después de una noche de trabajo.
En aquella paz silenciosa, rota tan sólo por el lejano rechinar de las tablas de las barcas y el ruido de fondo de las olas de la orilla, advertí cómo acudían, por la parte que da a la ciudad, muchos hombres, mujeres y niños. Llegaban, hacia un sitio donde se arremolinaban, en oleadas cada vez más numerosas. No podía distinguirlos. Sólo veía las blancas túnicas que se acercaban a dos barcas que estaban en la orilla. Quise saber cuál era el motivo de aquella concurrencia y acudí yo también, llamado por el afluir de la gente.
Tardé algún tiempo en llegar. El pueblo, apretado en la playa, escuchaba en silencio las palabras que salían de los labios de Jesús de Nazaret, que estaba sentado en una de las barcas, un poco metida en el agua del mar.
Acabada la plática, oí como el Señor dirigiéndose a Pedro le ordenó:
-Duc in altum -guía mar adentro- y echad vuestras redes para pescar.
II
Pedro, que es pescador desde niño, que tiene la experiencia de sus antepasados junto a la de su larga vida en el oficio, sabe muy bien que no pescarán nada. Además, toda la noche han trabajado, cansados, echando y sacando la red... y siempre la han sacado vacía.
Todo aconseja no obedecer al Hijo del Carpintero. Él no tiene por qué saber cosas del oficio de pescador. Toda la experiencia, la remota y la próxima, aconseja a Pedro tratar de disuadir a su Maestro de tal aventura. Pero Pedro tiene fe en Jesús; sabe, porque es humilde, que lo mejor que puede hacer es obedecer. Y lo hace sin pérdida de tiempo, informando antes al Maestro de su experiencia, pero sin tomar excusa de esta información; acto seguido, echará la red. Por eso le dice:
-Maestro, toda la noche hemos estado fatigándonos y nada hemos cogido; no obstante, sobre tu palabra, echaré la red.
Yo, desde la orilla, he escuchado la conversación. Yo, que me he quedado, solo, con mi caña de pescar en la mano. Y he visto descender, raudas y verticales, las redes al mar.
Y habiéndolo hecho, recogieron tal cantidad de peces que la red se rompía. Yo ayudé a gritar, desde la orilla, a la otra barca, para que viniesen y les ayudasen. Vinieron luego Y llenaron tanto de peces las dos barcas, que faltó poco para que se hundiesen 1.
¡Qué pesca más abundante! ¡Cómo envidié a los que se embarcaron con Jesús! Porque, mientras sus barcas se llenaban de peces, yo me quedé, solo, con mi caña de pescar en la mano.
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1 Le 5, 4-7.
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Reproducido con permiso del Autor.
"Caminando con Jesús", J.A. González Lobato, Ediciones RIALP, S.A.
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