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Recomendaciones al Comité del episcopado
de EE. UU. sobre abusos de sacerdotes
Declaración sobre los abusos sexuales dirigida
al Comité creado por la Conferencia Episcopal de Estados Unidos
Por Germain Grisez, Ph. D., Profesor de Moral Cristiana en el Centro
Universitario y Seminario de Mount Saint Mary
Me parece que este Comité se enfrenta a un dilema: por un lado,
las expectativas de los fieles y del público, que piden que la
Conferencia Episcopal adopte un plan nacional, en la reunión de
junio, sobre el abuso sexual de sacerdotes; y por otro lado, la falta
de tiempo para llevar a cabo esta tarea con el cuidado debido. Es por
eso que creo que en junio se adoptará un plan provisional y, por
lo menos durante un año, se trabajará en una versión
final. Sin embargo, sin conocer los planes del Comité, presentaré
mis análisis y sugerencias como si se tratara de la versión
final.
Los obispos harán referencia de modos diversos al abuso sexual
cometido por aquellos que no son sacerdotes diocesanos: miembros de institutos
de vida consagrada y sociedades de vida apostólica, laicos empleados
por la Iglesia o por algún organismo católico reconocido,
voluntarios que participan en las actividades católicas, fieles
laicos y el público, en general. Para simplificar, sin embargo,
encuadraré en esta declaración sólo las desviaciones
sexuales de los sacerdotes diocesanos.
Todas o casi todas las desviaciones sexuales que han desembocado en la
crisis presente consisten en actos llevados a cabo por sacerdotes; actos
que violan las leyes penales y convierten en víctimas a adolescentes
y jóvenes. Además de caer en tales crímenes, los
sacerdotes quedan implicados a veces en otras clases de abusos sexuales.
Algunos cometen crímenes sexuales contra mujeres menores de edad.
Algunos acosan sexualmente a menores de edad o a adultos de ambos sexos.
Ciertos delitos sexuales de los sacerdotes tienen que ver con pornografía
dura, que contiene imágenes lascivas de personas que parecen ser
menores. Algunos sacerdotes caen en actos sexuales consentidos que, sin
embargo, son abusivos ya que el sacerdote está pervirtiendo la
relación con alguien confiado a su cuidado pastoral o que trabaja
bajo su dirección pastoral.
Aunque un caso de abusos sexuales no sea un crimen, es un mal moral objetivamente
grave. Los obispos deben desarrollar y aplicar planes apropiados a cada
clase de abuso sexual. En el punto de mira del Comité estará,
sin embargo, el comportamiento sexual criminal que implica a menores.
En esta declaración, sólo tocaré ésta y formas
similares de desviaciones que involucran a adultos sin su consentimiento.
Para referirme a este tema, en lo que sigue a continuación, usaré
la frase: "abusos sexuales de sacerdotes"...
Casos en proceso
Cada obispo debe crear una oficina diocesana para recibir y considerar
cada acusación o queja sobre abusos sexuales de sacerdotes y para
emprender las acciones apropiadas. A mi juicio, debería tenerse
en cuenta a parejas casadas fervorosas, que hayan criado a sus hijos,
a la hora de proceder a la creación de esta oficina para asegurarse
de que las víctimas --las víctimas potenciales y sus familias--,
reciban el debido cuidado pastoral y todo aquello a lo que tengan derecho.
Quienes formen parte de esta oficina deben ser fácilmente accesibles,
y se deberá hacer público, de modo amplio y regular a la
manera en que se puede entrar en contacto con ellos.
El obispo deberá pedir al público en general que lleve
o envíe cada queja o información sobre abusos sexuales de
sacerdotes a la oficina señalada. El obispo pedirá a todos
los sacerdotes, religiosos, y empleados de la Iglesia que informen puntualmente
a esta oficina de cualquier caso de abuso sexual de sacerdotes del que
hayan tenido conocimiento, o del que tengan fundadas razones para pensar
que ha tenido lugar, y remitan a esta oficina cualquier queja o información
relevante que llame su atención (con el debido respeto por el secreto
de confesión). El obispo también instruirá a los
sacerdotes, religiosos, y empleados de la Iglesia sobre la grave obligación
moral que tienen de cumplir este requisito, e impondrá una justa
pena a quienes no lo hagan.
Algunas autoridades públicas y medios de comunicación intentan
proteger de publicidad indeseada a las víctimas de abusos sexuales
y a sus familias. Los obispos deben promover tales esfuerzos razonables
para proteger la privacidad, y quienes actúen en nombre de la diócesis
deberán cooperar con ellos. Sin embargo, la Iglesia es responsable
no sólo de los verdaderos intereses de las víctimas y sus
familias sino también de los intereses de Jesús y de cada
uno de los que sufran futuros abusos sexuales de sacerdotes. Por lo tanto,
las preferencias de las víctimas o sus familias por la privacidad
no pueden justificar que un obispo, u otro que actúe en nombre
de la diócesis, limite la conveniente información para salvaguardar
intereses más amplios.
Si las leyes públicas relacionadas con la información sobre
crímenes requieren acciones moralmente inaceptables --por ejemplo,
que un sacerdote viole el secreto de confesión--, una política
prudente prohibirá tales acciones. Por otro lado, una prudente
forma de actuar llevará a todo aquel que represente a una diócesis
a poner a disposición de los funcionarios públicos toda
la información que necesiten, para cumplir sus responsabilidades
relacionadas con los abusos sexuales de sacerdotes. Las diócesis
deben colaborar con los fiscales para clarificar estas necesidades; los
obispos deberán ocuparse de que siempre se resuelvan puntual y
completamente los requisitos legales, y que las necesidades de información
más allá de estos requisitos sean satisfechas en la medida
de las posibilidades. Nadie que se queje a la diócesis sobre abusos
sexuales de sacerdotes será disuadido para que no lleve su queja
ante las autoridades públicas. Una vez que la diócesis ha
verificado una queja, se debe animar a la víctima, o a quien tenga
la competencia de actuar en su nombre, a que coopere con las autoridades
públicas y se les dará la ayuda razonable para hacerlo.
En el momento en que se dé una acusación contra un sacerdote,
tendrá que entrevistarse con él.. Si las acusaciones son
anónimas o no están justificadas por ninguna evidencia o
información específica y son negadas por el sacerdote acusado,
no darán lugar a ninguna acción posterior. No se suspenderá
a un sacerdote que niegue una acusación que necesite investigación
hasta que se llegue a una conclusión. Sin embargo, será
supervisado de cerca y se limitará, en la medida de lo posible,
su acceso a las víctimas potenciales. Esto requerirá a menudo
el cambio temporal de su trabajo.
Puesto que algunas acusaciones serán falsas o maliciosas, una
prudente política propiciará un proceso justo que investigue
las acusaciones y juzgue su verdad. Pero tal proceso puede requerir que
un sacerdote acusado permita a investigadores privados empleados por la
diócesis que supervisen su vivienda, sus posesiones y papeles.
Para obtener evidencias de las víctimas y de otras personas, se
utilizarán procedimientos que permitan conseguir datos veraces,
exactos y completos del comportamiento relevante del sacerdote y, al mismo
tiempo, que no impongan una carga evitable a las víctimas y/o a
sus familias.
Algunas veces la investigación inicial y/o el eventual proceso
dejarán claro que un sacerdote acusado es inocente, que la acusación
contra él era falsa o maliciosa. Una prudente política hará
que, en tales casos, se haga pública la justificación del
sacerdote acusado. A mi juicio, prácticamente nunca debería
llegarse a acuerdos legales entre la diócesis y acusados cuando
el obispo sabe que las acusaciones son falsas o maliciosas. Pero si una
diócesis tiene que llegar a un acuerdo en casos de acusaciones
de este tipo, el obispo no deberá ahorrar esfuerzo alguno para
mitigar el inevitable daño causado a la reputación del sacerdote
inocente.
A veces, a pesar de la falta de evidencias suficientes para establecer
la culpabilidad de un sacerdote que niega una acusación, habrá
elementos significativos para sospechar de que miente. No se tratará
a tal sacerdote como culpable, y se protegerá su reputación
en lo posible. Pero no sería razonable ignorar la suspicacia remanente
y, por ello, se supervisará de cerca al sacerdote y se le asignará
un cargo en el que el riesgo de causar daños sea mínimo.
A menudo, las personas que admiten ser culpables de un único caso
de abusos, han cometido uno o más caso similares sobre los que
generalmente no dicen nada. Si un panadero concienzudo descubriera que
uno de sus empleados ha contaminado deliberadamente un solo pan, y uno
de sus clientes enfermara gravemente, avisaría a todos sus clientes
para que fueran rápidamente al médico ante cualquier síntoma.
Puesto que los abusos sexuales son, con diferencia, más perjudiciales
que una comida indigesta, un obispo no puede hacer menos cuando quede
claro que uno de sus sacerdotes se ha visto envuelto en un delito sexual.
Por lo mismo, una prudente política hará lo posible para
informar exacta y específicamente a todos los fieles cuyas almas
habían sido confiadas al cuidado pastoral de un sacerdote culpable
de abusos sexuales. Muchos jóvenes víctimas de delitos sexuales
no dicen nada a nadie hasta que se les pregunta. Por eso, los padres u
otros personas deben ayudar a identificar cualquier víctima adicional
para proporcionarle el cuidado pastoral apropiado. La preocupación
por el bien de las almas de las posibles víctimas adicionales está
por encima de cualquier otra preocupación --por ejemplo, la preocupación
sobre la mala publicidad para la diócesis o sobre la reputación
del sacerdote culpable--. El cardenal Bernard Law, arzobispo de Boston,
lamenta ahora su política anterior de secreto y afirma que "ahora
somos conscientes dentro de la Iglesia y en la sociedad en general de
que el secreto impide con frecuencia el tratamiento y pone a otras personas
a riesgo" ("The Necessary Dimensions of a Sexual Abuse Policy",
en "Origins", 31:45 [25 de abril de 2002]: 744).
Es necesario poner de manifiesto que la política de hacer público
al sacerdote delincuente sexual tendrá un efecto beneficioso. Los
sacerdotes valoran el respeto y el afecto de la gente a la que sirven
y han servido. La consideración de que un delito podría
ser conocido por todos y cada uno de quienes han estado alguna vez bajo
su cuidado pastoral será un poderoso motivo para que el sacerdote
tentado resista a la tentación.
El delincuente
Asimismo, la primera preocupación del obispo que tiene que tratar
con un sacerdote culpable debe ser el bien del alma del sacerdote. Como
Juan Pablo II decía a los reunidos en el palacio apostólico
el 23 de abril de 2002, "no podemos olvidar el poder de la conversión
cristiana, esa decisión radical de volver del pecado a Dios, que
alcanza las profundidades del alma de una persona y puede lograr un cambio
extraordinario". Por lo tanto, el obispo debe tratar al sacerdote
culpable con misericordia pastoral y buscar suavemente su arrepentimiento
y el compromiso sincero de evitar todo pecado grave y de vivir en perfecta
abstinencia. Se debe dar toda ayuda razonable a un sacerdote delincuente
sexual, incluyendo los servicios de adecuados profesionales de la salud
mental para comenzar una vida nueva y rehabilitada como miembro responsable
de la sociedad.
Sin embargo, el respeto a Cristo y la justicia debida a las demás
personas, que pudieran sufrir nuevos abusos sexuales, limitarán
la ayuda que puede prestar un obispo por un sacerdote que ha cometido
un delito. Si antes o después queda claro que un delincuente seguirá
siendo una amenaza para la sociedad, el obispo deberá hacer todo
lo razonable para mitigar esta amenaza. Además, a mi juicio, aunque
un sacerdote sólo haya cometido un único abuso sexual, no
se le deberá confiar nunca más el ministerio --con el debido
respeto de la ley canónica-- y será secularizado, si es
posible, cuanto antes.
Cuatro consideraciones sobre esta postura
Primero, el abuso sexual de menores por parte de sacerdotes es "considerado
con razón un crimen por la sociedad, y es también un pecado
espantoso a los ojos de Dios" (Juan Pablo II, 23 de abril de 2002).
Cada uno de estos actos traiciona la responsabilidad de un sacerdote que
actúa en la persona de Cristo y promueve los beneficios salvíficos
de los actos de Jesús. Como afirmaba el Dr. Berlin: "Con razón
el joven, al respetar al sacerdote y al sentir que el sacerdote no le
conducirá de manera extraviada, está en una tremenda desventaja".
Una vez que un hombre se ha aprovechado de su sacerdocio para extraviar
a un joven, hay razones para temer que lo volverá a hacer. A menos
que se confine al delincuente confirmado en un convento, una clínica
de reposo, o en una prisión de forma permanente y segura, su tarea
no evitará que entre en contacto con menores y abuse de su sacerdocio
para seducirlos. La única manera de asegurarse de que un delincuente
no abuse de su sacerdocio es secularizarlo.
Algunos dirán: "Secularizar al delincuente por un único
caso es un castigo demasiado severo; la misericordia cristiana requiere
que se le dé una segunda oportunidad". Pero el objetivo de
secularizar a los delincuentes no es sólo el de castigarles por
haber quebrantado la ley. El objetivo es también, y ante todo,
prevenir los males verdaderos y muy serios que implican y son consecuencia
de los abusos sexuales de los sacerdotes. La severidad es necesaria para
proteger y promover los verdaderos intereses de Jesús y de la Iglesia.
La así llamada misericordia hacia los delincuentes es injusticia
hacia los demás implicados. La así llamada compasión
para los delincuentes es, precisamente, crueldad para las víctimas
potenciales.
Stephen J. Rossetti, "La Iglesia Católica y el Abuso Sexual
de Niños", en la revista "America" (23 de abril
de 2002), admite que alejar a los sacerdotes que acosan de toda forma
de ministerio, "es con certeza la acción más segura
para la Iglesia", pero, afirma en su contra: "Sin embargo, ¿es
la acción más segura para los niños? Cuando un sacerdote
es alejado de su ministerio, sale a la sociedad sin supervisión
y quizá incluso sin estar sometido a ningún tratamiento.
Luego es libre de hacer lo que le plazca". El razonamiento de Rossetti
no es correcto. Los sacerdotes delincuentes sexuales explotan su sacerdocio
para cazar a sus víctimas. Por otra parte, incluso si mantener
a los delincuentes en el ministerio podría reducir el riesgo de
nuevos delitos --algo que no comparto--, el acto de secularizarlos elimina
ya de por sel riesgo de muchos males espirituales que son la preocupación
específica de los obispos. Los sacerdotes que admitan o que sean
encontrados culpables de delitos sexuales no deberán ser despedidos
sin tratamiento alguno; como he dicho, se les debe ofrecer tanto el cuidado
pastoral como el tratamiento de adecuados profesionales de la salud mental.
Además, como otros ciudadanos responsables, los católicos,
incluidos los obispos, pueden y deben urgir a las autoridades públicas
para que hagan más efectiva la aplicación de la ley y la
supervisión de todos los delincuentes sexuales.
En segundo lugar, la caridad también pide severidad para ayudar
a aquellos que son débiles pero que están dispuestos a resistir
a la tentación de dañar gravemente a otros y a sí
mismos. La perspectiva de la secularización motivará a algunos
sacerdotes que experimentan tentaciones a buscar ayuda, en vez de cometer
cualquier delito sexual y disuadirá a algunos de caer en la tentación.
Aquellos que no busquen ayuda y no sean disuadidos ante la perspectiva
de la secularización, es muy probable que dañen de nuevo
a los jóvenes, pero "no hay lugar en el sacerdocio y en la
vida religiosa para quienes dañan a los jóvenes" (Juan
Pablo II, 23 de abril de 2002).
Tercero, al informar de los delitos sexuales de los sacerdotes a las
autoridades públicas y proporcionar información sobre sus
conductas erróneas con cualquiera que haya sido confiado a su cuidado
pastoral, se dañará su reputación y se limitará
en gran manera sus posibilidades para realizar un efectivo y completo
servicio en la Iglesia. Secularizarlos y ayudar a aquellos que están
dispuestos a comenzar de nuevo puede ser mejor para ellos que asignarlos
a ministerios restringidos de modo permanente.
Cuarto, si los obispos hacen todo lo que razonablemente pueden para prevenir
los abusos sexuales de sacerdotes, incluida la rápida secularización
de los delincuentes, las víctimas y sus familias no tendrán
razón alguna para acusar a ninguna otra persona si no al propio
trasgresor. La evidente falta de complicidad del obispo diocesano y de
los demás sacerdotes tendrá dos buenos efectos. Primero,
y el más importante, las víctimas y aquellos que hayan sufrido
daño moral y espiritual estarán mucho más dispuestos
a recibir un prudente y correcto cuidado pastoral, y será más
probable que se beneficien de ello y puedan ser apoyados en su vida de
fe. Segundo, las víctimas y sus familias tendrán menos motivos
y ninguna base para demandar a nadie si no es al infractor, con el buen
resultado de que los pleitos, si los hay, contra las diócesis,
los obispos y otros serán probablemente menos y se tratarán
con mayor facilidad.
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