Andrés
S. Raúl Zamora Guerra. Pastoral Vocacional
de la Arquidiócesis de Managua.
"Le hubiera seguido hasta el fin del mundo" (Jn 1,41)
Me pareció irresistible. Eso es todo. Yo andaba con Juan el bautista.
Pero, así, a ratos. Nosotros, quiero decir mi hermano Simón
Pedro y yo, éramos pescadores y en eso, en las redes y en las barcas,
era en lo que andábamos. Sólo que algunos amigos nos habían
hablado del Profeta y cuando teníamos un rato nos acercábamos
a escucharle…
Era un tipo interesante Juan. Áspero y gritón, pero honrado
a carta cabal. El nos insistía constantemente en que no era el
Mesías. Sólo el precursor, su vocero. Hasta se encabritaba
porque la gente se empeñaba en seguir confundiéndole con
el que había de venir. "Yo no soy digno ni de soltar la correa
de su sandalia" (Jn 1,27), nos decía. Y el caso es que un
día estando de charla con Juan, le vio pasar a lo lejos, rodeado
de un tropel de gente y nos dijo: "Ese es el cordero de Dios".
Tanto nos había hablado de El, que yo no veía el momento
de conocerle. Así que salí corriendo a su alcance. Alguien
venía corriendo junto a mí, pero, la verdad, es que no recuerdo
quién era.
El caso es que cuando llegamos a donde estaba, a mí se me ocurrió
preguntarle que dónde vivía. Yo en el fondo estaba temiendo
que fuese tan duro y tan austero como Juan. El nos dijo únicamente:
"Venid y lo veréis". Y nos fuimos con El. De lo que vimos
y de lo que nos dijo, yo apenas sí guardo memoria. Más de
una vez me he puesto a recordarlo apretando los ojos y las mandíbulas.
Sólo puedo decir que quedé fascinado, como vencido. Me pareció
irresistible, eso. De manera que cuando regresé a casa y ví
que Simón, mi hermano, que andaba ya un poco molesto con mi ausencia,
me salía al encuentro, no lo dudé un momento y le dije:
"Hemos encontrado al Mesías".
Yo estaba totalmente convencido, pero Simón, por hacerse un poco
el duro, me volvió la espalda y me señaló las redes
que estaban esperando junto al lago. No había pasado mucho rato;
estábamos justo echando la red, cuando le vi acercarse a la orilla.
Yo miré instintivamente a mi hermano, a ver qué cara ponía.
Y antes de que pudiera adivinar su reacción oí que nos decía
a los dos: "Venid conmigo y os haré pescadores de hombres"
(Mt 4, 19).
¡Pescadores de hombres! Vaya usted a saber lo que quiso decir y
lo que yo entendí entonces. Claro, que me daba lo mismo. Yo estaba
literalmente subyugado. Le hubiese seguido hasta el fin del mundo. La
verdad es que nos lo puso mucho más fácil. Nos mandó
subir con El a nuestra barca y que remáramos aguas adentro. Luego,
que echáramos las redes. Simón, a quien acababa de ponerle
Cefas o Pedro, se resistía. Y con razón. No era ni lugar
ni hora para la pesca. Pero allá fueron las redes porque El nos
lo mandaba. Y ¡lo nunca visto! Reventaban de peces. Tanto que tuvimos
que pedir auxilio. Pedro se postró de rodillas ante El. Y yo me
quedé pasmado, boquiabierto y convencido para siempre de que, efectivamente,
habíamos encontrado al Mesías.
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