Bartolomé

S. Raúl Zamora Guerra. Pastoral Vocacional de la Arquidiócesis de Managua.

"Yo empecé metiendo la pata" (Jn 1, 43-51)

Mi encuentro con El fue de campeonato. Y empezó con la metedura de pata más grande que he tenido en mi vida. Lo voy a contar por enésima vez y que se me perdone la repetición, pero creo que vale pena.
Es el caso que de nuestro pueblo, de Betsaida, un pequeño lugar de Galilea, eran Simón, el que luego se llamaría Pedro y Andrés, su hermano. Ya se sabía que habían dejado las redes y se habían ido con El. Y en el pueblo no se hablaba de otra cosa. En esto, una tarde pasaron todos por Betsaida y a mi hermano Felipe que andaba siempre al tanto de todo, se le encontró de frente y le dijo: "Sígueme". Y él, sin pensárselo dos veces, se fue con ellos.
A la caída de la tarde, cuando andábamos ya preocupados porque no sabíamos dónde paraba, volvió a casa y me dijo un poco en secreto que había encontrado al Mesías. Yo debí poner tal cara de incredulidad que se sintió obligado a darme detalles. "Es Jesús, el hijo del carpintero, el de Nazaret", me dijo. Y a mí no se me ocurrió hacer más que un comentario que reconozco que no fue el colmo de la sagacidad ni de la cortesía. Sólo dije: "¿Pero de Nazaret puede salir algo bueno?". Y él por toda respuesta me contestó: "Ven y verás".
Así que allá me fui acompañado de Felipe. Tardamos poco en alcanzar al grupo que le seguía. Yo iba picado de la curiosidad, es cierto, pero un tanto escéptico. ¡Tantos siglos esperando al Mesías para que luego resulte que es el hijo de un carpintero y, precisamente, de Nazaret!.
Bueno, pues cuál no sería mi sorpresa, cuando estando ya a pocos pasos de El, oigo que le dice a sus acompañantes refiriéndose a mí y señalándome con el dedo: "Ahí tenéis a un israelita de verdad, a un hombre sin falsedad". La verdad es que me quedé como pegado al suelo. Y no sólo por el piropo, sino porque me di cuenta de que me había lucido con mi apreciación sobre los de Nazaret. Cuando me repuse un poco de la confusión, acerté a preguntarle: "Pero tú, ¿de qué me conoces?". Yo podría jurar que no le había visto jamás. Incluso estaba seguro de que hacía muy poco que había empezado a oír hablar de El y de sus cosas.
Así que cuando me contestó que antes de que Felipe me dijera nada ya me había visto El, tumbado debajo de la higuera, me quedé perplejo. Efectivamente, cuando vino Felipe estaba yo debajo de la higuera. No sé lo que me pasó por dentro, pero al que sabía tanto de mí y que todo parecía mentira y era verdad, sentí ganas de decirle: "Señor mío, tu eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel". Y se lo dije. Así como suena. A lo que El contestó: "¿Porque te he dicho que te ví debajo de la higuera has creído? Pues mayores cosas verás". Y dirigiéndose a todos concluyó como muy solemnemente: "Os aseguro que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar por este Hombre".
Yo confieso que entonces no entendí nada. Y creo que los que andaban con él, tampoco. Lo comprendimos cuando subió a los cielos después de resucitar de entre los muertos.

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