El
Joven rico
S. Raúl Zamora Guerra. Pastoral Vocacional
de la Arquidiócesis de Managua. "Estuve a punto
de mandarlo todo a paseo y de quedarme con El" (Mc 10, 17-27)
Tuve la oportunidad en la punta de los dedos y no supe aprovecharla.
Esa es mi historia. La de quien cierra la puerta no cuando llama a su
casa la suerte, sino la verdad, que es mucho más grave. Y lo que
más rabia me da es que estuve por poquito de hacerlo. Cuando El
me miró tan fijamente, estuve a punto de mandarlo todo a paseo
y de quedarme con El. ¡Hubiera acertado!
Hombre, yo ya había oído que a sus discípulos los
escogía El en persona. Y, además, con un criterio un poco
desconcertante porque está claro que no se rodeó de gente
de categoría ni de prestigio. Pescadores, mayormente, y algún
que otro funcionario. Pero, vamos, gente de poca monta. Que, por cierto,
se murmuraba que se había rodeado de un grupo tan gris precisamente
para que nadie le hiciera sombra. ¡Una verdadera tontería!
A El no le hacía sombra ni los miembros del Sanedrín reunidos
en asamblea permanente. Lo que pasa es que hasta en eso El quiso marcar
la novedad y la diferencia. El reino que El predicaba no era cosa de sabios,
ni de poderosos, ni de ricos.
¡Si lo sabré yo! A mí me tiraba estar entre los suyos.
Puede que fuera por snobismo o por vanidad. Cuando uno tiene dinero, se
cree que todas las puertas las tiene abiertas. No fue así, y no
porque El me cerrara el paso, repito, sino porque yo no iba, como suele
decirse, ligero de equipaje. Había demasiados hilillos que me ataban.
Y, ya se sabe que un hilillo le basta al pájaro para perder su
libertad. No culpo a nadie más que a mí. Pero tendré
derecho a desahogarme ¿no?
Como digo, yo quería seguirle. ¿Acaso había entonces
en Israel algo más atractivo? Le salí un día al camino
y bien creí que por mi cara bonita me iba a admitir en el grupo.
El me dejó hablar y yo, un poco atolondrado, le pregunté
qué tenía que hacer para ganar la vida eterna. Pregunta
un poco ociosa, lo comprendo, porque la respuesta era obvia: que guardara
los mandamientos.
Tan obvia era la respuesta que ahí es donde empecé a titubear.
Se me ocurrió replicarle que eso ya lo hacía desde siempre.
Y, claro, ahí pequé de vanidad o de presunción porque
di a entender que era ya perfecto y que no tenía nada que aprender
ni que corregir. Y fue entonces cuando El dio una vuelta entera al tornillo,
"una cosa te falta, me dijo, vete a vender lo que tienes y dáselo
a los pobres, que Dios será tu riqueza. Y luego, ven y sígueme".
Me fui y todavía no he vuelto. Esa es mi historia. Estuve a punto
de dar el salto, pero llevaba demasiado lastre en el corazón. Las
riquezas son pegajosas y traicioneras. Te otorgan libertades, pero te
quitan la libertad. Te dejan andar por la vida y no notas que vas encadenado.
Junto a El hubiera sido libre. Aún siendo pobre.
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