Mateo
S.
Raúl Zamora Guerra. Pastoral Vocacional de la Arquidiócesis
de Managua.
Creo haberle conocido bien, es decir, de cerca y durante tres años.
No tenía donde reclinar la cabeza ni lo buscaba. Jamás
echaba cuentas de nada. Comía lo que encontraba y siempre iba
lo que se decía ligero de equipaje.
Y no es que yo lo viera así, que se podría atribuir a
deformación profesional mía, sino que ahí está
su doctrina. Todavía me acuerdo de aquel día cuando se
puso a decir a la gente, que por cierto, había una multitud,
que no hay que andar agobiados pensando en qué comer o en cómo
vestir. Que hay que ser como los lirios del campo y como los pájaros
del cielo, que no se ocupan de su comida ni de su vestido y Dios les
viste con mayor fasto del que usó Salomón en el colmo
de su grandeza (Lc 12, 22). Le encantaba semejante sermón. Y
a los que pretendían quedarse con él, siempre les encarecía
que tenían que dejarlo todo para seguirle y que lo que tenían
que buscar era el reino de Dios, considerando todo lo demás mera
añadidura.
A mí me habían enseñado a ahorrar y a llevar las
cuentas. Y así, cuando fui mayor, ser recaudador de impuestos
me pareció el oficio mejor del mundo y, desde luego, el que yo
sabía hacer con los ojos cerrados. Iba a un pueblo de mi demarcación,
montaba allí el puesto de madera en un lugar bien visible y la
gente se acercaba a liquidar sus cuentas con la hacienda pública.
Era cuestión de control y de llevar las cuentas bien claras.
Y en esas estaba cuando llegó Él. Me cogió con
las manos en la masa como quien dice. Se acerco al mostrador y me dijo:
<<Sígueme>>. Y yo le seguí sin protestar.
Y hasta hoy, que no me arrepiento de haberme ido con Él. Eso,
nunca. La mayor parte de mis compañeros, por no decir todos fueron
a buscarle o se lo encontraron en el camino. En mi caso bien sabe Dios
que vino a buscarme. Por algo sería.
Algunos susurraron cuando me invitó a seguirle que lo que quería
era un administrador. Pero ya, ya. Era lo último que hubiera
necesitado. Y luego con aquellas matemáticas que El se gastaba...No
se me olvidará nunca la multiplicación de los panes y
de los peces. Los discípulos hacía ya tiempo que andábamos
calculándolo y preocupados con lo que iba a pasar. Y El tan campante.
Cuando le dijimos que qué iba a ser de todo aquel gentío,
que cómo se le iba a dar de comer, nos dijo que eso corría
de nuestra cuenta. ¡Que ocurrencia!. El caso es que, después
de mucho buscar aparecieron por allí cinco panes y dos peces.
Bueno, pues, los cogió en sus manos, los bendijo y empezaron
a circular canastas y bandejas y hubo pan y pescado para todos. ¿Cómo
lo hizo?. A mí se me quedó la boca abierta y creo que
aún no se me ha cerrado del todo.