Pedro
S.
Raúl Zamora Guerra. Pastoral Vocacional de la Arquidiócesis
de Managua.
"El supo apreciar mi nobleza y perdonar mi debilidad"
(Mt 16, 13-20)
A mí lo que me pierde es mi carácter. Esos arranques de
ánimo tan bruscos y tan rápidos que tengo. ¡Qué
le vamos a hacer! La verdad es que yo creo que El supo apreciar mi nobleza
y perdonar mi debilidad. Y mejor que nadie, desde luego.
Claro que también ese temperamento fue la clave de mis éxitos.
Cuando a mí el corazón me daba que una cosa era así,
pues era así. Por ejemplo, aquella tarde en Cesarea. El puso una
cara un poco como de pícaro y nos preguntó así, a
bocajarro, que quién decía la gente que era El. Bueno, pues,
le fuimos diciendo la verdad, lo que oíamos a la gente, que si
Juan el Bautista, que si Elías, que si Jeremías, que si
qué sé yo qué profeta, porque había opiniones
para todos los gustos.
En estas, corta los comentarios y nos pregunta: "Y vosotros ¿quién
decís que soy yo?". Yo me lancé como en tromba, lo
reconozco. Y mira que no es que yo lo tuviera pensando ni mucho menos.
Fue una corazonada. Como lo sentí, lo solté. Y, bueno, ¡cómo
cayó! Se hizo un silencio que se tocaba con la mano. "¡Tú
eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo!". Lo dije sólo
una vez, pero debí hacerlo con tal entusiasmo que mi confesión
se quedó vibrando en el aire como si fuera un eco.
Y yo creo que a El fue al que más emocionó. No se lo esperaba,
seguro. Claro que tampoco yo me esperaba su reacción. Me dijo que
yo era Pedro y que sobre mi piedra edificaría su Iglesia a prueba
del tiempo y de sus enemigos. Y a continuación me dio, para todos
nosotros, unos poderes que me da la impresión que aún no
han terminado de explicárselos cabalmente ni los teólogos
ni los historiadores.
Desde aquel día de Cesarea, todo fue un poco distinto. Los compañeros
me tomaban un poco el pelo con lo de la piedra y lo de las llaves, pero
me trataban con respeto. Así como si fuera su lugarteniente. Y
yo, pues naturalmente, me empeñé en estar a la altura de
su confianza y en no dejarme pisar el terreno por ninguno en materia de
fidelidad. ¿Que me pasé muchas veces de la raya? ¡Desde
luego! Cuando corté la oreja a Malco en el Huerto de los Olivos,
por ejemplo. Pero El ya vio la intención con que lo hice. Y cuando
me puse terco y porfié con El a que no le negaba y le negué
tres veces antes de que el gallo cantara. Ahora que también el
arrepentimiento fue bueno. Todavía tengo las mejillas surcadas
de tanto que lloré mi debilidad.
Además, que curándome en salud un día que estaba
hablando del perdón de las ofensas, le pregunté a quemarropa
cuántas veces hay que perdonar a quien nos ofende. Y dijo textualmente:
"Siete veces, no. Setenta y siete" (Mt 18,22). Así que
bien seguro estoy de su perdón. Y por si fuera poco, cuando resucitó
me renovó su cariño y su confianza, y me encargó
que apacentara a sus ovejas.
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