Tomás

S. Raúl Zamora Guerra. Pastoral Vocacional de la Arquidiócesis de Managua.

"No tuve más remedio que exclamar: Señor mío y Dios mío" (Jn 20, 24-29)
Hombre, incrédulo no voy a decir que no lo fue porque está en los Evangelios, pero a cualquiera en mi lugar le hubiera pasado tres cuarto de los mismo, ¡también es verdad! Y luego, que no se diga que no me saqué la espina de la incredulidad bien sacada cuando le dije aquello de ¡Señor mío y Dios mío!
Yo no es que fuera incrédulo de no creer en El. Era lo que diríamos un poco despistado. Y luego que lo de la resurrección son palabras mayores. A ver ¿a cuántos les ha ocurrido en la vida encontrarse cara a cara con un resucitado?
Claro, es que yo me despisté un poco con respecto a los demás compañeros, porque hubo un momento en que pareció que le estábamos dando la razón al profeta, cuando dijo "Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas" (Zac. 13,7). Fue un verdadero desconcierto.
Ocurre entonces que llego yo donde sabía que estaban reunidos y me plantan de sopetón que ya había resucitado y que le habían visto todos. ¡Todos menos yo! Me dio rabia, la verdad, y más que nada por rabia, y no por incredulidad, dije aquello de que no creería hasta que tocara los agujeros de sus manos y de su costado. Yo comprendo que sonaba un poco fuerte, pero, en fin, lo dije. No voy a negarlo ahora.
Bien, pues he aquí que, a los ocho días, estábamos de nuevo todos reunidos y en esto que, estando con las puertas cerradas por el miedo que teníamos a los judíos, se presentó en medio de nosotros. Yo me quedé como piedra. Y sobre todo cuando después de saludarnos deseándonos la paz, se volvió hacia mí y me dijo: "Aquí están mis manos, Tomás". A mí se me nubló la vista. Menos mal que se trataba de tocar más que de ver. El mismo, llevó mi mano a los agujeros de las suyas y a la herida del costado. ¡Menudo boquete! la prueba era evidente, de manera que no me quedó más remedio que arrodillarme y exclamar: "Señor mío y Dios mío", que me parece que expresaba bien lo que yo sentía en aquel momento.
Ah, y a propósito de lo que dije, estoy seguro de que a El no se le habrá olvidado lo que le pregunté en una ocasión. Estaba hablándonos a nosotros de su padre y de que El se iría y volvería luego y de que ya sabíamos el camino para ir a donde El iba a estar. Yo no sé si es que no entendía bien todo aquel lío, que a veces resultada un poco complicado, o que estaba despistado en aquel momento, cosa que me ocurría con frecuencia, el caso es que me atreví y le dije: "Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?". El, entonces, me miró como diciendo ya está aquí Tomás con sus despistes y dijo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie se acerca al Padre sino por mi", que todos coincidieron en decir que eran las palabras más bonitas y más claras que había dicho hasta entonces. Así que para algo valieron también mis despistes.


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