Andrés y Juan


Si vocación significa “llamar”, entonces ¿quién llama? Llaman las propias inclinaciones interiores (intereses), llaman las aptitudes personales, llama Dios que es quien las concede.

¿Cómo puedo conocer mi vocación? Si estuviera ante un orientador vocacional, seguramente éste me diría que mi área de aptitudes tiene que coincidir con mi área de intereses. Por ejemplo: me interesa la ingeniería y tengo aptitud para las matemáticas. O me interesa la arquitectura y tengo aptitud para el dibujo y las artes plásticas.

Pero puede suceder que no coinciden las dos áreas: uno tiene entusiasmo por ser médico, pero se desmaya al ver sangre y otro quiere ser químico pero siempre lo reprueban en álgebra y en matemáticas y se le olvidan las fórmulas. Y otro desea casarse, pero no sabe amar, no es capaz de compartir su vida, su tiempo, su dinero, su corazón.

Generalmente, pero no siempre, si el área de intereses y de aptitudes no coinciden, no se puede hablar de vocación.

Esto es aplicable a la vocación religiosa y sacerdotal. Cuando Dios llama realmente, ha dado ya lo necesario para seguir con éxito el llamado. Hay, pues, signos externos y comprobables de la voluntad de Dios en cuanto al camino a seguir.

Supongamos que una joven quiere ser religiosa, pero no tiene aptitudes para vivir en comunidad, ni en su familia la soportan y tiene problemas insolubles de comunicación en la escuela, no tiene amigos ni amigas, no puede convivir con los vecinos…

En este caso Dios no la llama a la vida conventual, pues de lo contrario le habría concedido al menos las aptitudes mínimas requeridas para vivir en comunidad.

Otro caso: Un joven quiere ser sacerdote, pero no puede con los estudios indispensables. O no puede prescindir del amor humano y se siente infeliz y enfermo por falta de ese tipo de afecto que sólo se da en el matrimonio. O sus impulsos sexuales superan el nivel de lo controlable. O carece de la salud física necesaria o del equilibrio psicológico requerido.

En cualquiera de estos casos, es claro que Dios no llama a ese joven, pues de lo contrario lo habría hecho apto para seguir su llamado.

Pero puede suceder también lo contrario: Alguien tiene todas las cualidades para la vida religiosa o para el sacerdocio, pero no tiene ese idealismo, ese entusiasmo, ese interés misterioso hacia la entrega exclusiva a Dios y a su Reino. Más bien se siente fuertemente inclinado al matrimonio, a la paternidad, a la vida de los negocios o a ejercer determinada profesión. O bien no se siente capaz de ningún compromiso que abarque su vida entera y que sea definitivo.

También entonces es claro que Dios no lo llama a una consagración exclusiva, porque no sería plenamente feliz, o no podría cumplir sus obligaciones, o no desempeñaría con gusto y con éxito sus ministerios.

Además del llamado a la vida, a la santidad por el bautismo, al matrimonio, existe un llamamiento especial a una participación extraordinaria en la misión misma de Cristo.

A este llamado especial se refería Jesús aquel día: “Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban angustiados y desvalidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces les dijo a sus discípulos: Ciertamente la cosecha es mucha, pero los trabajadores son pocos, por eso, pidan ustedes al dueño de la cosecha que mande trabajadores a recogerla” (Mt. 9, 36).

Veamos ahora la vocación de dos hombres, dos personas, como tú y como yo, que sintieron este llamado especial de Jesús y le siguieron: la vocación de Andrés y de Juan:

"... Estaba Juan con dos de sus discípulos. Al ver que Jesús pasaba, dijo: Este es el cordero de Dios." Al oír esto, los discípulos siguieron a Jesús. Jesús se vuelve y al ver que lo siguen les pregunta: "¿A quién buscan?". Le contestaron: "Maestro, ¿Dónde vives?". Jesús les dijo: "Vengan y vean". Fueron y vieron dónde vivía. Eran como las cuatro de la tarde; y se quedaron con El el resto del día". (Jn 1, 35-39).

La persona de Cristo, como un imán, atrae a los primeros discípulos. Así surge la vocación de estos hombres. Aunque el maestro no los invita directamente—no les dice “ven y sígueme”—, ellos lo siguen. La simple presencia de Jesús, su persona, su estar ahí, es para los discípulos un llamado.

La vocación es un llamado de Cristo, pero este llamado o invitación no es necesariamente verbal o no tiene que ser expresado con palabras. Basta un vistazo o una mirada al maestro para seguirle.

¿Qué aspecto de la persona de Jesús les atrajo tanto a los discípulos? Sin duda alguna, su aspecto de amor: "Este es el Cordero de Dios". El cordero es símbolo de dulzura, de mansedumbre. Hasta el más pequeño e indefenso no teme acercarse a un corderito… Jesús, para los discípulos, era un desconocido, sin embargo lo siguen decididamente. ¿Por qué? Porque seguramente vieron o notaron en él esta bondad y esta mansedumbre increíble que no encontraban de la misma manera en Juan el Bautista; nada más y nada menos se trataba del Amor mismo que venía hacia los hombres como uno de ellos. Juan el Bautista se hacía notar por la austeridad de su vida y por la severidad de su predicación; Jesús se hacía notar por su amor manso y humilde. Toda vocación viene del amor divino, del cual Jesús es el rostro humano más perfecto.

La pregunta de Jesús: “¿Qué buscan?” obliga a los discípulos a reflexionar sobre el sentido de su búsqueda. Estos hombres siguen a Jesús sin conocerle. Para que su decisión sea más clara deben saber por qué quieren seguir los pasos del Maestro.

La vocación pide un conocimiento claro de lo que se busca, reflexionar sobre los motivos que se tienen para seguir a Cristo. Se debe ahondar y profundizar el sentido de lo que se hace. De ahí la importancia de un proceso de discernimiento vocacional. Tal es la labor que emprende la Pastoral Vocacional, cada tercer domingo de mes.

“Maestro, ¿Dónde vives?” Los discípulos le llaman a Jesús “maestro” o sea que tienen un vivo interés de escucharle, de aprender, de empaparse de su doctrina. Al preguntarle: “¿Dónde vives?” ellos manifiestan que no solamente quieren la doctrina sino también la compañía personal de Jesús. Quieren estar con Jesús.

La vocación es simplemente este “estar” con Jesús, es buscar la compañía personal de Cristo. Los que son llamados están invitados a una intimidad personal con Cristo.

"Vengan y vean". Jesús invita a los discípulos a “hacer la prueba”. En otras palabras, les está diciendo: "Vengan para que vean lo que es vivir conmigo". Los discípulos fueron con El y vieron por sí mismos lo que hacía y lo que era. Se ponen en camino para descubrir el verdadero rostro de Jesús.

En la vocación hay que hacer esta “prueba” existencial o de vida con Cristo, para poder descubrirle tal como es. Para poder conocer a Jesús verdaderamente, hay que entrar en su intimidad.

"Fueron y vieron dónde vivía". Los discípulos acompañaron inmediatamente a Jesús a su casa. Al principio caminaban detrás de El con alguna timidez. Ahora caminaban con El, a su lado, escuchándole o hablándole. Cristo los tenía ya por amigos.

A los que escuchan el llamado de la vocación y responden libremente, Jesús les ofrece de inmediato su amistad: los invita a caminar con El, a su lado, y a recorrer así todo el camino de sus vidas.

“Y se quedaron con El el resto del día”. Los discípulos, desde que estuvieron con El en su casa, tuvieron el deseo de quedarse. La mera presencia de Jesús, el amigo, colma todos sus deseos. Ellos encuentran en Jesús todo lo que esperaban y mucho más. Valió la pena haber hecho “la prueba”, pues han visto qué bueno es el Señor.

Los que, siguiendo el llamado de Dios, hacen la prueba de acompañar a Cristo, de estar cerca de El, descubren que esta unión es la fuente más segura de felicidad y así la quieren dar a conocer al mundo entero.

"Eran como las cuatro de la tarde". El Evangelio nos dice la hora del primer encuentro con Cristo: como las cuatro de la tarde. Esto nos hace pensar en lo importante que fue para los primeros discípulos la “hora” de este encuentro: fue la hora más grande de su vida, en la que se decidió toda su vida, todo su porvenir. Los que ya están casados suelen acordarse del año, el mes, el día, la hora, los minutos, los segundos de su noviazgo o compromiso matrimonial. Los que se aman se recuerdan del detalle más pequeño o insignificante. Igualmente, para un sacerdote, la “hora” de su primera misa es inolvidable. Esta hora fue, pues, para los dos primeros discípulos, Juan y Andrés, su recuerdo más querido; una hora inolvidable.

Piensa que tu vocación, la “hora” de tu encuentro con Cristo es única, es inolvidable.


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