Hola, soy 'Benny Sígueme'
Afinando el corazón

® Pbro. Pablo A. Villafranca M.

En la vida se nos presentan muchas interrogantes, a las cuales encontramos pocas respuestas. No son pocos los hombres que caminan por la vida con un déficit de realización y felicidad, siempre con un faltante de alegría, siempre con un «menos» de realización y cargando altas cuotas de frustración, insatisfacción con lo que tienen, son y hacen. ¿Por qué? Porque quizás hay tiempo para mil actividades de evasión y dispersión, que no es lo mismo que tener actividades de recreación. «Es más fácil darle la vuelta aun obstáculo que proponerse superarlo» ese es el principio de los pesimistas, de los cobardes, los cómodos y conformistas. Siempre huyendo de los retos, de los compromisos, de su verdad y de la responsabilidad. Conozco muchos jóvenes que incluso utilizan sus grupos juveniles, sus campamentos y “dis” que compromisos parroquiales, para no enfrentar sus miedos, la raíz de sus problemas que están en el hogar y fuente de sus conflictos que yace en lo profundo de su corazón.

Hay muchos caminos que podemos recorrer, pero no podemos dejar de preguntarnos ¿cuál es el indicado? Eso no es lo complicado, sino el que no queramos poner nuestros mejores empeños para escuchar con honestidad la respuesta de Dios. ¡Si, Dios responde! Lo que no hay son hombres y mujeres que le pregunten y mucho menos son los que lo escuchan.

Para escuchar a Dios hay que sintonizar con él, ajustar las frecuencias del alma, de los afectos, los sentimientos, la voluntad, la afectividad, la imaginación, la percepción, el deseo, todo el ser hay que sintonizarlo para encontrarnos con Él, con sus programas estelares: redención, salvación, reconciliación, entrega de vida en abundancia, felicidad y vida eterna. La frecuencia se ajusta en la confesión frecuente, la oración constante y perseverante, la lectura orante de su Palabra y la celebración de su entrega a nosotros en la eucaristía. Allí, «la voz del Señor que descuella los cedros del Líbano y descuaja a los montes como cera; la voz del Señor que estremece a los mares y sacude al tierra, la voz que es excelsa y magnifica» se hace susurro cariñoso, arrullo de cuna, firme invitación: ¡Sígueme!

Pero seguirlo ¿a dónde? ¿por cuanto tiempo? ¿con quienes? Esas con las cosas que se tiene que aclarar. Nuestro amigo Benny Sígueme no haya que ruta seguir, ¡se parece tanto a nosotros!.

Quizás a Benny le conviene saber que antes que decidir hay que escuchar, antes de escuchar hay que callar para sosegar y una vez allí preguntarse y preguntarle a Dios. Son cosas muy distintas: lo que Dios me pide y quiere de mí a lo que estoy dispuesto a darle y a responderle.

Benny me contó algo, en su largo camino escuchó una vez al padre José Luis Martín Descalzo hablar de LAS TRES PLENITUDES.

Habla San Alberto Magno que existen tres géneros de plenitudes:

1. "la plenitud del vaso, que retiene y no da;

2. la del canal, que da y no retiene,

3. y la de la fuente, que crea, retiene y da". ¡Qué tremenda verdad!

Efectivamente, yo he conocido muchos hombres-vaso. Son gentes que se dedican a almacenar virtudes o ciencia, que lo leen todo, coleccionan títulos, saben cuanto puede saberse, pero creen terminada su tarea cuando han concluido su almacenamiento: ni reparten sabiduría ni alegría. Tienen, pero no comparten. Retienen, pero no dan. Son magníficos, pero magníficamente estériles. Son simples servidores de su egoísmo.

También he conocido hombres-canal: es la gente que se desgasta en palabras, que se pasa la vida haciendo y haciendo cosas, que nunca rumia lo que sabe, que cuando le entra de vital por los oídos se le va por la boca sin dejar pozo adentro. Padecen la neurosis de la acción, tienen que hacer muchas cosas y todas de prisa, creen estar sirviendo a los demás pero su servicio es, a veces,
un modo de calmar sus picores del alma. Hombre-canal son muchos periodistas, algunos apóstoles, sacerdotes o seglares. Dan y no retienen. Y, después de dar, se sienten vacíos.

Qué difícil, en cambio, encontrar hombres-fuente, personas que dan de lo que han hecho sustancia de su alma, que reparten como las llamas, encendiendo la del vecino sin disminuir la propia, porque recrean todo lo que viven y reparten todo cuanto han recreado. Dan sin vaciarse, riegan sin decrecer, ofrecen su agua sin quedarse secos. Cristo -pienso- debió ser así. El era la fuente que
brota inextinguible, el agua que calma la sed para la vida eterna. Nosotros -¡ah!- tal vez ya haríamos bastante con ser uno de esos hilillos que bajan chorreando desde lo alto de la gran montaña de la vida.

Nuestro Cardenal Miguel Obando dijo una vez: “En el mundo existen dos tipos de hombres: los que sólo reciben y los que saben dar; hablare sólo del primer tipo. Los hombres que se dan y entregan, tienen vocación de río. Ellos nacen de los profundos de los montes, del verde del silencio, de la dura roca en las cumbres, e inician su difícil recorrido por estrechos y caídas que hacen titubear al río, llevándoles por quebradas y estrecheces que pareciesen que podrían contener el agua. Un impulso casi imperante lo llama a ir siempre adelante, si se resiste a ese impulso este se transforma en ciénaga o en pantano que no sirve para nada. Pero quien sigue su vocación de río, siempre va a delante. Para quien sigue esa llamada misteriosa del interior, siempre sigue adelante, quizás no logra evitar del todo las impurezas que produce el saldarse tras su paso con las impurezas de la tierra, pero lo que toca lo va reverdeciendo y la claridad de su agua, incluso engendra manantiales, donde otros decidirán seguir una vocación de río. Los lagos reciben, los ríos dan; los lagos son inertes y se quedan a gusto en la majestuosidad segura de sus playas, el río desboca en la aventura del que camina ofreciendo lo que tiene, incluso, lo que le es muy propio: su agua. Cuando el Señor nos llame a su presencia, entonces podremos decir con el poeta ‘Sólo tengo lo que de ti recibí y todo lo he donado’.

Amigos, hoy Benny Sígueme aprendió dos cosas. Sabe responder quien aprende a escuchar y aprende a dar y quien sabe amar.


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