¿Fruto de mi imaginación?
Nos enfrentamos con un problema verdadero y preocupante: si Dios habla en la intimidad del corazón, y si una vocación es una cosa intensamente personal, ¿cómo puedo saber si lo que yo siento no es sólo fruto de mi imaginación? Hay unos fragmentos del Nuevo Testamento que podemos mirar juntos y que quizás nos ayuden: Lc. 18, 9-14; Lc. 14, 28-32. Las invenciones de nuestra imaginación Cristo no quería que sus seguidores se descarriaran por errores comunes y propios de nuestra naturaleza humana. El advirtió cómo algunas personas vivían “en su propio mundo”, así digamos, en cuanto a la religión. Vivían en un mundo de sueños, pensando que eran justos cuando de hecho ellos no lo eran; y precisamente porque ellos se creían justos, menospreciaban a otros, llamándoles pecadores y tratándolos con desprecio. Cuando él se dio cuenta de todo esto, les dijo una parábola: la que nosotros llamamos El Fariseo y el Publicano. Probablemente ya estás familiarizado(a) con esta parábola, pero para refrescar tu memoria, tomemos el evangelio de Sn. Lucas y leamos el capítulo 18, 9-14. La historia es bastante vívida y extremadamente fácil de imaginarse, es un ejemplo perfecto de la naturaleza humana como nosotros la conocemos por experiencia propia. Dos hombres suben al templo para orar. Uno de ellos está repleto de sí mismo, y mientras él está orgullosamente de pie, allí mismo, su oración consiste en decirle a Dios cuán magnífico es él (el hombre que ora). Y para probarlo, él no sólo pavonea o presume de sus magníficos y maravillosos ayunos y de su cumplimiento detallado de la ley, sino que también él se compara con los otros que en su opinión no son tan buenos como él, los pecadores, los “últimos” o “descartados” de la humanidad, dignos sólo de desprecio. Pero él es santo. Dios haría bien en darse cuenta de sus méritos y de su valor. Mientras tanto el otro hombre casi se esconde, no se atreve acercarse mucho ni mirar el cielo. Todo lo que hace es golpearse el pecho y pedirle a Dios que tenga misericordia, ya que sabe que él es un pecador. Según Cristo, este hombre bajó a su casa justificado mientras que el primero no. Imagínense ustedes: el "perito", el experto, estaba equivocado. El Fariseo Los fariseos eran los peritos en Israel en cuanto al cumplimiento de la ley. Ellos eran los santos; precisamente, fariseo significa "los separados." En otras palabras, su esfuerzo por la justicia y la santidad los separó del judío común y corriente. No era nada fácil ser un fariseo, tenías que ayunar y orar y tener una fidelidad escrupulosa a leyes innumerables y a sus respectivas aplicaciones. Era una vida absorbente y ardua. Era entendible, por lo tanto, que cualquier hombre que hace todas esas cosas se pensaría superior a otros. Es de esperarse que un hombre que hace tal esfuerzo sostenido y que llega a tales extremos querría algún tipo de reconocimiento y respeto. El querría sentir que valía la pena todo ese esfuerzo y que toda esta molestia que estaba viviendo realmente lo hacía un hombre mejor, santo y perfecto. Así que se cercioraría que la gente lo viera orando, que lo vieran dando limosna, que notaran en su cara que él estaba ayunando, que vieran y miraran con admiración su meticulosa religiosidad. Y parece que el fariseo comenzó a pensar que era de algún modo correcto que Dios mirase también con admiración y gratitud a un sirviente tan maravilloso, verdadero orgullo de Israel. Lo que él pensaba que lo acercaba más a Dios, justificándolo, estaba en realidad llevándolo en dirección opuesta. Lo estaba separando, no de los pecadores, como él pensaba, sino de Dios. En otras palabras, él estaba equivocado. Estaba mezclando sus ideas y sentimientos subjetivos con el parecer de Dios. El pensaba que Dios debía ver las cosas exactamente como él las veía. Este es un error fundamental en el cual todos nosotros podemos caer. Es cierto, todos nosotros caemos en este error una y otra vez. Obtenemos alguna idea en nuestras cabezas, y pensamos que Dios debe ver las cosas exactamente como nosotros las vemos. Nuestras inhibiciones y obsesiones pueden lograr que nos enfoquemos o nos fijemos en cosas erróneas o equivocadas. También nosotros, al igual que los fariseos, colamos los mosquitos y después tragamos camellos enteros. Los fariseos trataban, a toda costa, de definir lo que era el trabajo para no hacerlo el Sábado (ellos se preguntaban si llevar el peso de las sandalias en sus pies era realmente trabajo, para saber si ellos podían llevar sandalias o no el Sábado) y así evitar romper la ley, aunque, en el proceso ellos se olvidaron de la esencia de la ley, o sea de la misericordia (misericordia quiero y no sacrificio). Las consecuencias ¿Tiene mucho que ver todo esto con mi vocación? Sí, tiene mucho que ver con el proceso de discernimiento en mi vocación, tiene mucho que ver con esos momentos en los cuales nosotros tratamos de resolver qué es lo que Dios realmente está diciendo o quiere decir. La lección que sacamos de este trozo del evangelio es que siempre estamos en peligro de pensar en una manera muy subjetiva, de fabricar nuestros propios remedios y verdades que pueden a veces ser muy erróneas. El solo hecho que pensemos algo, y seamos muy sinceros, no implica que aquello que pensamos sea correcto. El fariseo estaba completamente convencido que él tenía la razón, que él era mejor que el publicano, mas él en realidad no lo era. El fariseo pensó que se fue del Templo justificado, santo, en contraste con el publicano - mas Cristo nos dice que las cosas fueron muy diferentes. Realmente es el publicano quien fue justificado. Esta parábola nos hace ver que podemos ser descarriados fácilmente por nuestro orgullo, y podemos pensar que nosotros tenemos todo resuelto, cuando en realidad la única manera que podemos ser libres de estos peligros es la humildad: humildad para reconocer que no tenemos todas las respuestas en nosotros mismos, humildad para ir a Dios y preguntarle, y humildad para aceptar lo que él dice. Alguien más, un sacerdote, un director espiritual, un promotor vocacional, nos tiene que ayudar a discernir si es realmente Dios quien nos llama. Es algo que nosotros no podemos resolver por nosotros mismos. Usando también nuestras cabezas Hay un pedazo adicional del evangelio que nosotros debemos tener presente cuando tratamos de averiguar o discernir si lo que nosotros sentimos y pensamos proviene de nuestra imaginación o de Dios; este trozo del evangelio es un consejo que Cristo les dio a sus discípulos después que les había hablado de los sacrificios que ellos tendrían que hacer si querían seguirle. El les dice que lo piensen muy bien y con seriedad, siendo muy realistas. En otras palabras, les dice que su pensamiento ha de ser serio y práctico como lo sería en un trabajo de construcción o en una labor u operación militar… En efecto, cuando uno de ustedes quiere construir una casa en el campo, ¿acaso no comienza por sentarse a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminar? Porque si pone los cimientos y después no puede acabar la casa, todos los que lo vean se burlarán de él y dirán: Ahí tienen a un hombre que comenzó a construir y fue incapaz de concluir. Cuando un rey parte a pelear contra otro rey, ¿no comienza por sentarse a examinar si puede con diez mil hombres hacerle frente al otro que viene contra él con veinte mil? Y si no puede, envía mensajeros, cuando el otro está lejos todavía, y trata de lograr la paz. (Lc 14, 28-32) Pero para entender este pasaje bien, nosotros
tenemos que agregar el otro que dice, No se puede en absoluto con los
hombres, pero con Dios todo es posible. (Mt. 19:26) Con Cristo no se
trata de meros números y cálculos humanos, ya que el realismo
del evangelio es un realismo que no funciona independientemente de nuestra
fe. Debemos pensar adelante o más allá, hacer nuestros
cálculos, adivinar si lo que proponemos es posible - pero nunca
debemos pensar como el hombre piensa sino como Dios piensa. En nuestro
discernimiento, un elemento esencial es, sin duda alguna, la gracia
de Dios.
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