Querido muchacho:

Cierta vez un ciego, en tierras de Jericó, sintió que pasaba por allí mi Hijo y comenzó a gritar: “Hijo de David, ten piedad de mi”; y, aunque todos le decían que callase, el siguió rogando, pues deseaba fervientemente recuperar su vista, y así, finalmente, ocurrió. Su fe lo salvo.

No pienses, muchacho, que necesitas decir frases grandilocuentes para agradarme, o saber de memoria muchas cosas; si tienes fe, si tu espíritu se eleva cada día puro y simple, es suficiente. Tú me agradas y yo solo te pido que me ames. Háblame con tus frases más sencillas y yo te escuchare.

Quien comparte tus ruegos

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